Ignacio Zuloaga Zabaleta (Éibar, 26 de julio de 1870-Madrid; 31 de octubre de 1945) fue un pintor español que destaca por sus escenas costumbristas y retratos, dentro de un estilo naturalista de recio dibujo y colorido oscuro, influido por Ribera y Goya, en oposición al estilo luminoso y optimista de Sorolla. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Corrida de toros en Eibar”, fechado en 1899.

Corrida de toros en Eibar (1899), de Ignacio Zuloaga Zabaleta 1

Perteneció a una saga de artistas: fue hijo del damasquinador Plácido Zuloaga y sobrino del ceramista Daniel Zuloaga, que ejerció cierta influencia sobre él. Trabajó de niño en el taller de su padre en Éibar, donde tuvo los primeros contactos con el dibujo y el grabado. Su formación escolar se realizó con los jesuitas en Francia, completándose en Madrid, París y Roma. Zuloaga vivió toda su vida en París, pues se casó con la francesa Valentine Dethomas. Estuvo vinculado con Segovia, en cuya capital tuvo un estudio hasta 1913 y desde 1914 con Zumaya donde inauguró su casa de Santiago Etxea en 1914. En 1921 inauguró también su taller y museo en la misma propiedad. Desde entonces compaginó tres estudios en París, Madrid y Zumaya. Tuvo además relación con la villa de Pedraza, donde compró el castillo de los Velasco en 1925.

Según José Luis Díez, “este espectacular lienzo es, por múltiples razones, pieza de muy especial significación en la producción todavía juvenil de Ignacio Zuloaga. Representa una corrida de toros que se celebra ante la monumental fachada plateresca del palacio de los Orbea en Éibar, también llamado de Unzaga y Torre Sarra, derruido a principios del siglo XX. Durante la estancia del pintor en su ciudad natal en 1899 para contraer matrimonio, Zuloaga había pintado del natural un interesantísimo estudio de esta plaza de la villa guipuzcoana tras la corrida, conservada en la colección de Félix Valdés, en Bilbao. En él aparecen las arquitecturas exactamente en el mismo encuadre que el cuadro definitivo, como las gradas de madera montadas, pero absolutamente vacías de público, viéndose tan sólo en la soledad de la arena el cadáver de un caballo destripado por una cornada. Zuloaga se trasladó tras su boda a Segovia, donde concluyó el lienzo final, que pobló entonces de mujeres ataviadas con mantillas, abanicos y mantones de flecos, «a la madrileña», y tipos segovianos, cometiendo así un llamativo anacronismo que, sin embargo, añade un singular atractivo a la obra. Por otra parte, esta pintura es síntesis perfecta de los planteamientos estéticos que conformaron la personalidad del artista desde sus años juveniles y que mantuvo a lo largo de toda su producción. Así, están ya presentes en ella factores tan decisivos en la obra de Zuloaga como los paisajes urbanos con edificios monumentales de los diferentes pueblos de España, que pintó bien aislados o como fondos de sus retratos. Además, el lienzo muestra su interés por los tipos populares, captados por el artista con un realismo sincero, a veces extremo, resaltando sin embargo en ellos la nobleza digna de su pobre condición, en línea con los postulados más genuinos de la corriente de pensamiento de la Generación del 98, asimilada por completo por Zuloaga. Finalmente, la importancia decisiva que en su arte tuvo la impronta de Goya queda aquí espléndidamente plasmada no sólo por su interés en la fiesta de los toros –por otra parte fundamental en la producción del pintor vasco, no sólo en escenas como ésta sino en gran cantidad de retratos de toreros–, sino en el reflejo de los aspectos más cruentos de la fiesta, como el caballo muerto con el vientre reventado en el extremo derecho que ya aparecía en el cuadro preparatorio y, sobre todo, por la intencionalidad dramática con que Zuloaga utiliza el negro, envolviendo tan festiva escena en una atmósfera grave y casi luctuosa, acentuada por la utilización de una paleta extremadamente sobria; reflejo también de la visión pesimista que de la «España negra» tuvieron, además de Zuloaga, otros pintores de su tiempo, como Darío de Regoyos o Ricardo Baroja”.

Para José Luis Díez, “es también pintura singular en la producción del artista por su composición y formato, ya que son extremadamente raros sus paisajes urbanos poblados con figuras de tamaño académico o pusinesco. Como ya señaló Lafuente y es fácil advertir, el cuadro adolece de una evidente falta de unidad compositiva, no tanto entre las figurillas del fondo y las arquitecturas como, sobre todo, en los personajes del primer término, concebidos de forma aislada y luego encajados algo forzadamente en la composición. Sin embargo, esta galería de tipos dispuestos a modo de friso en el plano más próximo al espectador anticipa ya las líneas maestras de la producción madura de Zuloaga en este campo, con algunas figuras de especial belleza plástica que demuestran las excepcionales cualidades de Zuloaga para este género, en el que dejaría algunas de las obras maestras de toda su producción, sin que falte tampoco algún detalle anecdótico, como el labriego que ronda a varias muchachas asomadas al balcón en el caserío del fondo, o el improvisado palco adornado con una bandera nacional a modo de repostero. Por otro lado, este tratamiento diverso e independiente de los diferentes elementos de la composición proporciona al cuadro una riqueza plástica enormemente sugestiva, queriendo ser además alarde juvenil de las habilidades compositivas de su autor, capaz de incluir una enorme cantidad de figuras en movimiento en un paisaje urbano panorámico, dándoles además a casi todas ellas un interés propio. El cuadro aparece con el n.o 25 en el inventario manuscrito del pintor, conservado en el archivo familiar, guardándose también en el archivo del Museo Zuloaga, en Zumaya, una fotografía del mismo firmada e inscrita por el autor con el siguiente texto: «Pintar en un pueblo donde haya casas antiguas del estilo de éstas de Eibar: un fondo grande y ponerle tendidos de pueblo (por ejemplo cretona) para luego poner unos torerillos / Une course dans mon village»”.

Corrida de toros en Eibar (1899), de Ignacio Zuloaga Zabaleta 2

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes