José Aguiar García (Vueltas de Santa Clara (Cuba), 1895 – Madrid, 14.II.1976), fue un interesante pintor de padres gomeros, y afincado en Canarias. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Vino y peces”, fechado en 1940.

De padres gomeros, naturales de Agulo, José Aguiar nace en 1895 en Vueltas de Santa Clara (Cuba). Al poco tiempo, la familia vuelve a La Gomera. En 1906 el joven Aguiar se traslada a La Laguna para estudiar bachillerato. En 1914, una vez finalizado el bachillerato, parte hacia Madrid para estudiar Derecho, carrera que pronto abandona para asistir a clases libres en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En esta época recibe lecciones de Pinazo hijo. En 1918, y ya de vuelta, en La Gomera contrae matrimonio con su prima Ana García Cabrera, que fallece poco después de una gripe fatal. Posteriormente, en 1924, se casa en Madrid con Encarnación Carmona y Albella; unión que dura hasta la Guerra Civil. En esta etapa, su obra se encuadra dentro de un movimiento conocido como Regionalismo, pinta el mundo rural de las islas, lleno de color y exuberancia.

En 1930 se afilia a la masonería. En este mismo año obtiene una beca del Cabildo de La Gomera para estudiar en Italia. Se instala en Florencia, ciudad en la que permanece durante dos años. Además de profundizar en la estética del Renacimiento y de interesarse por la pintura mural, descubre la encáustica, técnica que utiliza y sobre la que investiga arduamente. Asimismo, entra en contacto con el colectivo Novecento que representa al movimiento artístico italiano iniciado en 1922 por un grupo de artistas en torno a la galería Pesaro de Milán. Los postulados de este grupo, de corte nacionalista, coinciden con los del régimen fascista.

En 1933 obtiene una plaza de profesor de dibujo artístico en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla. Al año siguiente vuelve a Italia, al lograr cambiar una beca para viajar por el norte de África por una ayuda para permanecer en Florencia, ciudad a la que se encuentra muy unido.

Muralista por excelencia, es en este campo donde desarrolla una gran producción. De los murales realizados en los años treinta para distintas entidades, destaca el Friso isleño para el casino de Santa Cruz de Tenerife. En esta obra coincide con Néstor Martín Fernández de la Torre, que lleva a cabo la decoración de la sala de baile del mismo edificio. El carácter rural y festivo de estas pinturas refleja el vivir cálido en las islas. Una vez finalizada la Guerra Civil española, su obra mural se convierte en alegórica y heroica. Esta expresión artística es ideal para exaltar las bondades del régimen político español, y así es aprovechada.

Aguiar realiza toda una serie de escenas narrativas que sirven de propaganda política. Las más conocidas, aunque no las llega a terminar y actualmente no se conoce su paradero, son las que pinta entre 1943 y 1945 para la Secretaría General del Movimiento en Madrid. A lo largo de su vida escribe numerosos textos sobre arte. En 1940 publica uno de los primeros en la revista Vértice: en él, y en forma de carta, habla de su postura antivanguardista.

No se considera retratista aunque pinta un gran número de retratos, pues distintas personalidades políticas, religiosas, y militares de la época posan para él. Sin embargo, donde Aguiar realiza su trabajo más complejo es en las grandes narraciones murales, escenas en las que refleja a una gran cantidad de personajes. Del conjunto de su obra destacan, además, el color exultante y los sensuales desnudos femeninos, junto a un vigoroso expresionismo que se atenúa con los años. Su última gran obra en el campo mural es el encargo que le hacen para la basílica de Candelaria (Tenerife), en el que empieza a trabajar en 1959. En ese mismo año es nombrado miembro de la Hispanic Society of America. No llega a concluir los murales de Candelaria, ya que la muerte le sorprende el 14 de febrero de 1976. Su hijo, Waldo Aguiar, los finaliza siguiendo los bocetos del padre.