Víctor Manzano y Mejorada (Madrid, 1831-1865) fue un pintor español de historia y retratos. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Últimos momentos de Cervantes”, fechado en 1856.

Nacido en Madrid el 11 de abril de 1831, compatibilizó los estudios elementales de pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con los de ingeniería de caminos, hasta que optó por dedicarse plenamente a la pintura prosiguiendo sus estudios en Roma y París,1​ tras haber recibido enseñanzas en Madrid de Federico de Madrazo y Joaquín Espalter. En París, donde permaneció dos años, recibió las enseñanzas de François Édouard Picot, pero fue el estudio de los maestros antiguos y modernos, como Velázquez o Eugène Delacroix, de quien copió el Harem, lo que atrajo su atención hacia el realismo y el color. Un chiquillo sentado (Museo del Prado), óleo firmado en 1859, es buen ejemplo de la influencia velazqueña en su pintura, una influencia que le va a permitir superar el costumbrismo romántico.

En 1858 concurrió a la Exposición Nacional de Bellas Artes con Los últimos momentos de Cervantes, adquirido por el Gobierno para el Museo Nacional (1856, Museo del Prado, en depósito en el Museo de Jaén), los retratos de los marqueses de Remisa, que se habían convertido en sus protectores desde su vuelta a Madrid, La reja, que pasó a ser propiedad de Gregorio Cruzada Villaamil y Santa Teresa en Pastrana (Santa Teresa con los príncipes de Éboli), óleo por el que obtuvo medalla de tercera clase. Tras el éxito de esta primera comparecencia, en 1860 presentó Los Reyes Católicos administrando justicia, que le valió medalla de segunda clase y fue adquirido por la reina Isabel II (Palacio Real de Madrid), ¡Adiós para siempre!, de asunto más ligero, del que la crítica destacó el sentido del color, y un boceto para Los últimos días de Felipe II adquirido por los duques de Montpensier. También obtuvo medalla de segunda clase en la Exposición Nacional de 1862 por El presidente del Consejo de Castilla, Rodrigo Vázquez, visitando a la familia de Antonio Pérez en prisión, adquirido por el infante Sebastián de Borbón, que lo nombró su pintor de cámara (Nueva York, Hispanic Society of America),2​ y segunda medalla en la de 1864 por Cisneros y los Grandes, adquirido por el Estado (Museo del Prado, en depósito en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares).

Falleció en Madrid, a causa de la epidemia de cólera, el 11 de octubre de 1865. Sus amigos, según Ossorio, organizaron una exposición individual de sus obras poco antes de la nacional de 1866, para la que preparaba un óleo de grandes dimensiones con el tema de Felipe II y don Juan de Austria, reuniendo, según su catálogo, más de un centenar de piezas, en buena parte dibujos y bocetos para composiciones de asunto histórico o literario que no pudo completar a causa de su prematura muerte, pero también retratos y pruebas de grabado al aguafuerte para la revista ilustrada El Arte en España y litografías para la Historia de la Villa y Corte de Madrid de José Amador de los Ríos.

Pintado por Manzano a sus 27 años, y presentado a la Exposición Nacional de 1858, el cuadro representa uno de los episodios más rememorados de la vida de Cervantes, cuando “Después de recibir la Extrema Unción escribe al Conde de Lemos la dedicatoria de su novela Pérsiles y Sigismunda”, como se aclara en el catálogo de dicha exposición. En efecto, tras haber concluido su última novela Trabajos de Pérsiles y Sigismunda el 2 de abril de 1616, el ilustre escritor cayó enfermo de hidropesía y, tras un breve viaje a Esquivias aprovechando una transitoria mejoría, quedó definitivamente postrado en cama en su casa de Madrid, desde donde expresó su deseo de besar la mano de quien había sido durante mucho tiempo su protector. De regreso a la Corte tras haber sido relevado de su cargo de gobernador de Nápoles, el Conde de Lemos desatendió la petición del ya moribundo Cervantes, quien el 19 de abril escribió al noble una dedicatoria de su última obra, en forma de carta. Tras haber redactado también en esos días su testamento, en el que encargaba dos misas en sufragio de su alma, el autor del Quijote moría el 23 de abril de 1616.

En su cuadro, Manzano ambienta este pasaje de los días postreros de Cervantes en el interior de una austera estancia, de paredes desnudas y enjalbegadas, donde aparece el escritor incorporado en su lecho recostado en varios almohadones, escribiendo la famosa dedicatoria en un pergamino, que le sostiene la dama que está a su cuidado, quien también sujeta el tintero en la otra mano. Sobre la cabecera del jergón puede verse un crucifijo y enfrente, una estantería con libros, semioculta tras un cortinaje parcialmente descorrido. Junto a la cama está colocada una mesa sobre la que reposan una botella y un vaso de vidrio, otros pergaminos y varios libros, algunos caídos en el suelo, identificándose entre ellos la segunda parte del Quijote.

Una vez más, Manzano vuelve a dar muestras en este cuadro de sus excelentes dotes pictóricas, truncadas por su prematura muerte. Dentro siempre de una paleta sobria, de colores terrosos pero sutilmente armonizados a base de delicadas transparencias y un suave claroscuro, especialmente visible en zonas como los pliegues de la lencería del lecho, el vestido de la dama o el cortinaje; el artista conjuga espléndidamente estas cualidades con su absoluto dominio del dibujo, limpio y preciso, como puede advertirse en detalles como el pendiente de la dama, el suavísimo modelado de sus manos o, fundamentalmente, en la cabeza del escritor, de una nobleza grave y trascendente en su expresión, y de rasgos rotundos y afilados, acentuados aún por su próxima muerte, Junto a ello, el equilibrado sentido de la composición, clara y serena, de la que este pintor hizo gala a lo largo de toda su producción, dan como resultado una obra de evidente belleza plástica, en la que Manzano logra transmitir toda la intimidad solemne que la escena requiere.

Este pasaje de la biografía cervantina fue uno de los más atractivos para los pintores españoles decimonónicos, conservando el Prado otro lienzo de grandes dimensiones con el mismo asunto, titulado Cervantes en sus últimos días, escribe la dedicatoria al Conde de Lemos, pintado por Eugenio Oliva Rodrigo (1857-1925) en 1852.