Ricardo López Cabrera (Cantillana, 28 de septiembre de 1864-Sevilla, 7 de enero de 1950), fue un pintor español que se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, siendo sus maestros Eduardo Cano y José Jiménez Aranda. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Recien casados”, fechado en 1905.

Recien casados (1905), de Ricardo López Cabrera

Tras su primera etapa sevillana, en 1887 se trasladó a Roma para continuar sus estudios, gracias a una oposición convocada por la Diputación Provincial de Sevilla para cubrir una plaza de pensionado, que ganó. Allí permaneció cuatro años. “El dominio del dibujo y del estudio de la perspectiva fueron una de sus principales preocupaciones artísticas […] dentro siempre de un riguroso espíritu académico”. ​Muestra de ello es su obra Gladiador (1888) que se encuentra expuesta en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. “Figura, en tamaño natural, de un gladiador victorioso del circo romano”. Aparece desnudo, mostrando su musculatura. También pintó algunos paisajes en Venecia en estos años fuera de España. De vuelta a su ciudad natal, se casó el 2 de octubre de 1895 con Rosario, hija de Jiménez Aranda que comienza a ejercer como maestro suyo en esta época, en la que gozó de prestigio. Realiza una obra en la casa de los Marqueses de Angulo, en el dormitorio, en cuyo techo representa La apoteosis de las Artes, en el año 1899. En 1906 es nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. En 1909 se instaló en Argentina, debido a la escasez de posibilidades comerciales para su obra en la capital hispalense, residiendo en la ciudad de Córdoba hasta 1923. Durante este periodo compaginó su actividad artística con la enseñanza en la Escuela de Bellas Artes. Prefirió esta ciudad para establecerse a Buenos Aires (eje de la cultura artística) por su placidez, ya que, tal y como expresa su hijo, él “huyó siempre que pudo del tráfago de las grandes urbes. Estas le crispaban los nervios”.​

En febrero de 1923 regresa a España, dedicando cinco años a pintar quince trípticos sobre temas costumbristas de las diferentes regiones españolas: Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña, Extremadura, Galicia, León, Murcia, Navarra, Valencia y País Vasco. Cada tríptico consta de un lienzo central, casi cuadrado, de 1.25 x 1.50 m y dos laterales de menor altura de 1.10 x 0.85, estando todos ellos pintados al natural, sin fotografías ni modelos profesionales, en sus lugares de origen. Fue llamada por él “la obra”, a la que otorgó tanta importancia que para poder financiarla en ocasiones tuvo que hacer exposiciones y retratos destinados a la venta. Todos juntos miden 48 metros de largo. “Los lienzos centrales correspondientes a los dos archipiélagos – el balear y el canario – representan paisajes, sin ninguna figura humana. Todos los demás recogen figuras de hombres y mujeres con indumentos populares de sus respectivas regiones, sobre fondos típicos, de interior o al aire libre”. Permaneció en España hasta su muerte en Sevilla el 7 de enero de 1950 a los 85 años, aunque en estos últimos años de vida tuvo problemas de salud (demencia senil) que lo mantuvieron alejado de la pintura. Su producción artística incluye una amplia temática, en su primera etapa trata desde el tema costumbrista o los “casacones”, hasta el retrato y el paisaje, incluyendo diversas obras realizadas en la costa andaluza de Rota y Chipiona, con temas de pescadores, siendo claramente perceptible la influencia de Sorolla en estos trabajos. En su etapa de madurez predominan los temas regionales y paisajes, especialmente los de Alcalá de Guadaira a las afueras de Sevilla.

Según comenta José Luis Díez, “bajo el hermoso emparrado de un patio enlosado, adornado con farolillos de papel, se celebra la fiesta de un banquete de bodas. Una cantaora, tocada con sombrero cordobés y envuelta en su mantón, se ha levantado de su silla, en la que ha dejado la guitarra, para brindar por la felicidad de los recién casados. Éstos reciben complacidos sus palabras ante la mirada satisfecha del sacerdote, sentado junto a ellos, y la alegría general del resto de los invitados. Vendido en el mercado americano con el título de El brindis y reproducido en alguna ocasión con el de Fiesta de boda, ha de tratarse, con toda seguridad, del cuadro Recién casados enviado por López Cabrera a Buenos Aires en 1905, junto con los titulados Pilletes de playa, Componiendo la red, La hora del baño, La cocinera, Mariscando y La vuelta de la pesca, para una de las exposiciones de pintura española moderna que celebrara el crítico José Pinelo en el Salón Castillo de la capital argentina. En efecto, además de su título, tanto su estilo como su moda corresponden con precisión a los primeros años del siglo XX, en los que, por lo demás, se encuentra lo mejor de la producción costumbrista de López Cabrera, ya en su plena madurez, de la que el presente lienzo es muy buen testimonio. Desde 1890 hasta 1910 el artista sevillano dedicó la mayor parte de su labor a la pintura de tipos y escenas de costumbres, generalmente andaluzas, teñidas en ocasiones de un rictus dramático o de crítica social, de acuerdo con las corrientes de esos años. Son obras de dibujo certero y limpio, que define con precisión las figuras y objetos de sus composiciones, demostrando siempre un agudísimo sentido de la observación, tanto en la descripción de los objetos como, sobre todo, en el tratamiento de los personajes, en los que López Cabrera se empeña siempre en remarcar la distinta expresión de sus afectos, sugiriendo así una sutil trama argumental en sus escenas, de contenido aparentemente superficial y anecdótico, y atentas fundamentalmente a sus valores pintorescos y decorativos. Así, desde el gesto socarrón y complacido del anciano sacerdote a la mirada inocente e ilusionada de la novia, o el rostro confiado de su recién estrenado marido, que recibe campechano el brindis fumándose un hermoso puro, todos estos matices expresivos son bien elocuentes de la capacidad de este pintor para los retratos de tipos, en los que fue especialmente hábil. Junto a ellos, el aparente disgusto o emoción de la madre, que se tapa los ojos detrás de los novios para ocultar su posible malestar por un matrimonio quizá no de su agrado, o la mirada de soslayo del soldado a la moza del mantón sentada en primer término, mientras escucha la conversación de su acompañante apurando su copa, testimonian el indiscutible dominio de López Cabrera en este género, del que sería maestro muy destacado en la pintura sevillana de entresiglos. Por otra parte, la escena está concebida con un realismo nítido y sin artificios, tanto en el planteamiento escenográfico del patio abierto en que tiene lugar la celebración, como en el tratamiento de la vegetación o los trajes de los concurrentes, sin dejar al descuido detalles tan aparentemente insignificantes como la vasera de latón que reposa sobre la silla de enea del primer término, cortada en ángulo con una visión plenamente fotográfica”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes