Ángel María Cortellini (Sanlucar de Barrameda, Cádiz, 1819 – Madrid, post. 1887) fue un pintor español del círculo de pintores del costumbrismo romántico andaluz, que también trabajó el retrato. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “No más vino. Escena de taberna”, fechado en 1847.

No más vino. Escena de taberna (1847), de Ángel María Cortellini

Según destaca Ana Gutierrez en la página web del Museo Carmen Thyssen, nacido en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) el 27 de septiembre de 1819, su formación académica comienza muy temprano, en 1828, en la Escuela de Bellas Artes local, perfeccionando poco después su habilidad técnica bajo la tutela del pintor Joaquín Domínguez Bécquer (1817-1879). En 1837, bajo la protección de sus familiares italianos, se traslada al Piamonte, y en Génova, Turín y Milán continúa sus estudios artísticos. En 1842 vuelve a Sanlúcar, y asesorado por Joaquín Domínguez Bécquer se matricula en las clases de Yeso y Natural en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, a la vez que se forma bajo la dirección de Manuel Barrón en técnicas paisajísticas y estudia la obra de Murillo, conociéndose de él copias de La huida a Egipto y de La Sagrada Familia. Fruto de esta etapa formativa son obras que representan escenas de marcado costumbrismo: majos, toreros, bailarinas, rincones populares con elementos arquitectónicos emblemáticos, bailes y tabernas; elementos todos ellos identificativos de los cuadros firmados en la etapa sevillana y gaditana de Cortellini. En 1848 se traslada a Madrid y se presenta a la Exposición de la Academia de San Fernando y a la convocada por el Liceo Artístico y Literario con dos cuadros, uno de ellos un Retrato de Francisco Montes. La contemplación de este último cuadro por los reyes dio un giro a su trayectoria artística al ser llamado a Palacio para realizar un retrato de Francisco de Asís, siendo nombrado posteriormente, en 1850, pintor honorario de cámara, retratando sucesivamente la efigie de los soberanos, o copiando en algunas ocasiones los retratos reales ya realizados por los primeros pintores de cámara. En 1854, por encargo regio, se traslada de nuevo a Italia con el fin de perfeccionarse con el estudio de las obras de los grandes maestros italianos; estancia que se vio truncada rápidamente por los avatares políticos críticos del momento. De nuevo en Madrid, y siguiendo el estilo del retrato oficial impuesto por el gran Federico de Madrazo, se hace con una gran clientela entre la nobleza y la burguesía adinerada. Desde 1856 concurre asiduamente a las Exposiciones Nacionales con este tipo de retratos, obteniendo una mención honorífica en la edición de 1860 por el retrato de su esposa y en la de 1867 una medalla de tercera clase por el de la actriz María Muñoz. A partir del año 1871 cambia la temática de sus cuadros, presentando bodegones y retratos colectivos con trasfondo histórico, como La batalla de Wad-Ras, cuadro que en realidad representa una sucesión de pequeños retratos con un fondo bélico en la lejanía. La última referencia biográfica data de su presentación a la Exposición Nacional de 1887, si bien Gaya Nuño establece la fecha de su fallecimiento en 1899, aunque sitúa la de su nacimiento en 1840, lo que nos induce a pensar que tal vez confunda las fechas de nacimiento y muerte de su hijo, también llamado Ángel Cortellini, que fue marinista de cierta fama, especializado en cuadros de combates navales, formado en el estudio de su padre.

Respecto a la obra, según destaca Carlos G. Navarro, en el interior de una bodega o taberna, en la que se distinguen a la derecha los barriles para conservar los caldos, un joven trata de escanciar más licor a una muchacha que, sentada en un banco, de espaldas al espectador, tapa la boca de su vaso con las manos, mientras la mesonera –una anciana mujer con tocas de viuda– con su mano derecha sujeta el brazo del animoso mozo y con la izquierda le reprende. Junto a ellos, un segundo individuo, ya sin chaqueta, rasguea las cuerdas de una guitarra. Este último parece uno de los Fígaros que vio Richard Ford por esos mismos años en las veladas nocturnas en mesones y posadas de toda España: «se empieza a oír el rasgueo de una guitarra, pues nunca falta un patilludo Fígaro que esté enterado de la llegada de los huéspedes, y acuda a la reunión por puro amor al arte y al encanto de un cigarro». En la composición de la obra que comentamos, también conocida como Una taberna, Cuadro costumbrista o Toreros en la taberna, sobresale la concepción escenográfica del espacio, casi de tramoya, que junto con el tratamiento de la figura de la mujer cubierta por un grueso manto, ponen el acento en la trascendencia de la estancia formativa del artista en el Piamonte italiano, donde no sólo conocería las pinturas de aquellos escenógrafos sino que se interesaría, al menos superficialmente, por el floreciente coleccionismo de antigüedades clásicas –y que ya en Sevilla su maestro José Domínguez Bécquer le debió inculcar en su Academia del Antiguo– que parecen inspirar algunas de las figuras de sus primeras obras, como esta anciana o la que aparece de perfil en El cante de la moza. Escena de taberna (p. *), de la misma Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, y probable pareja de esta pintura. Cortellini se muestra muy hábil en el manejo de los colores, tanto en las sutilezas de los tonos tenues del vestido de la muchacha como en los más brillantes rojos del atuendo del guitarrista, y especialmente en las prendas más oscuras de los dos hombres, mientras que pierde capacidad de modelado en los blancos de las telas de todas las figuras. Resulta muy contrastado el modo acabado y preciso con que describe los detalles de cada personaje, como las flores del cabello de la joven o las botas de los dos personajes masculinos, mientras que no se detiene prácticamente en la caracterización del ambiente de la taberna, dejándola simplemente abocetada. Este tipo de escenas de discusiones y revuelos de taberna se hicieron indispensables en los repertorios iconográficos de los pintores costumbristas, incluyendo el del propio Cortellini, ya que esos establecimientos reunían al completo la colección de tipos humanos –majos, chulas, contrabandistas, toreros, bailaoras…– y situaciones –riñas y altercados peligrosos, prostitución, fiestas, baile…– que tanto interesaban a sus potenciales clientes.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes