Matías de Arteaga y Alfaro fue un pintor y grabador barroco español, adscrito a la escuela sevillana, que supo recoger en su pintura e interpretar con personalidad propia la doble influencia de Murillo y Valdés Leal. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Las Bodas de Canaá”, sin datación clara entre 1676 y 1700.

Lo más característico de su peculiar estilo, muy influenciado por Murillo, a quien en ocasiones copia directamente, así como por Valdés Leal, de quien toma las actitudes más movidas, son las series de asuntos siempre religiosos, situadas en amplios paisajes y perspectivas arquitectónicas imitadas de estampas a la manera como también en Sevilla y en los mismos años lo hacía Francisco Antolínez, por lo que no es raro que algunas pinturas, como El nacimiento de la Virgen y Las bodas de Caná del Museo Lázaro Galdiano, se hayan atribuido indistintamente a uno u otro.

Hábil en la creación de profundas perspectivas, diestramente iluminadas, en el tratamiento de las figuras y sus expresiones corporales se desenvuelve frecuentemente con cierta torpeza, particularmente si se trata de figuras femeninas, como se observa, por ejemplo, en el cuadro de José y la mujer de Putifar, castamente vestida, conservado en colección privada sevillana formando parte de una serie de cuatro lienzos de la historia del patriarca bíblico.

La escena de “Las Bodas de Canaá” se desarrolla en un lujosísimo espacio abierto, a modo de logia, que el espectador advierte a través de una arquería paralela a la superficie del lienzo y ligeramente descentrada, que presenta, al centro, una pareja de columnas salomónicas con entablamento común y pilares cuadrados a los lados. La mesa se dispone oblicuamente para subrayar el efecto de perspectiva e incluso se juega con el efecto aparentemente audaz, pero en realidad un tanto ingenuo, de que parte de la mesa quede oculta por las columnas del primer término. La arquería que se extiende, oblicua, tras la mesa, se presenta ricamente decorada de motivos de relieve, en enjutas e intradoses, y al fondo, en paralelo con los arcos de embocadura, se advierte otra arquería abierta a un patio porticado luminosísimo. Cristo, sentado junto a su madre, a un lado de la mesa del convite dirige la mirada y el gesto hacia las ricas ánforas metálicas, que están depositadas en el suelo ante la mesa.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes