La Patience de Georges Braque se considera su obra maestra para el período de la Segunda Guerra Mundial. Pintada en 1942, esta obra es el fruto de los largos meses de aislamiento voluntario del artista en su estudio de París durante la ocupación alemana. De ella, como del resto de las obras realizadas durante este período, emana la sensación de un interior opresivo, de una atmósfera sofocante, de una angustia que lo consume todo. No existe ninguna fuente de luz visible. La composición, organizada a lo largo de líneas verticales y en zigzag, es extremadamente compleja. Los colores vivos acentúan la sensación de confusión y soledad.

La mujer de La Patience está sola, sentada ante una estrecha mesa en la que ha llevado algunas cartas, aparentemente para aliviar su aburrimiento con un juego de paciencia. Todo en la actitud de la joven subraya su extrema soledad. Está compuesta por dos siluetas que se unen, como dos caras de una misma moneda; la vista frontal del rostro, totalmente iluminada, está absorta en el sueño y la espera mientras que el aspecto de perfil, en la sombra, parece aún más ansioso. Esta figura femenina no debe ser interpretada únicamente por su género. También comprende una alegoría del propio artista que comparte sus propias preocupaciones con los rasgos de ella. Además, algunos hablan de un “autorretrato”, supuesto que se pone de relieve por la firma bicolor del pintor en la parte inferior izquierda, que hace eco de la dualidad de la mujer.

El propio Braque lo admite: “No podría retratar a una mujer en toda su belleza natural. No tengo la habilidad. Nadie la tiene. Debo, por lo tanto, crear un nuevo tipo de belleza, y a través de esa belleza interpretar mi impresión subjetiva. La naturaleza sugiere la emoción, y yo traduzco esa emoción en el arte. Quiero exponer el Absoluto, no sólo a la mujer ficticia”. Así, en la obra de Braque la mujer nunca recuerda a un individuo específico. Con Braque nos enfrentamos no a uno, sino a la mujer.

Toda la composición del fondo, los muebles y los accesorios parecen un enigma para el espectador. La ausencia de puntos de referencia explica en parte la gran complejidad de la composición. Esta impresión de misterio es acentuada por la riqueza de la paleta, que se hace más evidente a través de las líneas blancas que marcan los contornos.

En definitiva, en la obra de Braque los objetos más ordinarios experimentan las transformaciones más extraordinarias. Qué satisfacción obtiene el espectador al observar la mutación que sufrió la silla amarilla con un tablero de ajedrez en su asiento inclinado, la mesa envuelta en un paño rojo, el papel pintado de color azul para la ocasión! Por lo tanto, no hay necesidad de variar el tema para recrear perpetuamente. El damero, la botella de licor etiquetada, los naipes eran ya elementos recurrentes en la pintura de Braque desde los inicios del cubismo. Sin embargo, es su constante transformación lo que los hace tan convincentes, casi vivos.