José Nogué fue un pintor y decorador español, especializado en retratos y paisajes. Catedrático de dibujo de las Escuelas de Artes y Oficios de Jaén, Barcelona y Madrid y director del Museo de Jaén. Comenzó su formación en Madrid, en la Escuela de Artes y Oficios, donde fue discípulo de Nicolás Mejía, y en la de Bellas Artes de San Fernando; posteriormente amplió sus estudios pensionado en la Academia de España en Roma, teniendo gran éxito como retratista. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Interior”, fechada en 1909.

Concurrió a numerosas exposiciones, obtuvo mención honorífica en la Nacional de 1904, sendas terceras medallas en 1906 y 1910, por las obras Conjunto de retratos al pastel y Los Apeninos, segunda en la edición de 1922 por el lienzo titulado Primavera en la Costa Azul, así como condecoración en 1912. Como decorador destacó la ornamentación del altar mayor de la iglesia de Moya (Barcelona). Sus paisajes se caracterizan por una peculiar interpretación de la luz, y en ellos incorpora recursos impresionistas por su pincelada vibrante y ciertos elementos divisionistas.

Según texto extractado de Reyero, C.: “José Nogué Massó. Interior”, Ternura y Melodrama. Pintura de escenas familiares en tiempos de Sorolla. Conselleria de Educacio y Cultura, 2003, p. 218, “en el otoño de 1908, José Nogué, flamante pensionado de la Academia de España en Roma, llegaba a Piediluco, un pequeño pueblo de Umbría en los Apeninos. Allí comenzó a trabajar sobre sus envíos anuales. En sus memorias del año 1909 describe esta pieza: “dentro de la casa, con la Sora Rosa con su traje de campesina, sentada en el centro haciendo sopas, mientras la hija y la nieta preparaban la mesa para el próximo yantar. Toda la escena se encerraba en el típico fondo y las figuras recibían la luz del día que entraba por la puerta de la calle”. La Sora Rosa era una anciana que trabajaba las tierras del marqués de Cini, a la que Nogué había conocido poco antes, mientras escardaba la tierra con su azada. Lo que había llamado su interés para que fuese retratada en un cuadro que precedió a este. Por lo tanto, contemplamos una escena familiar referida a unos personajes concretos que el pintor vio directamente, aunque es bastante probable que les pidiera posar para él en esa posición o tomase estudios de ellos, y ello le permitió componer dos escenas simultáneas. La abuela en primer término aparece ensimismada en sus pensamientos, preparando la comida, mientras en segundo plano su hija y nieta, que mira con sorpresa al espectador llevándonos hasta el fondo del cuadro donde irrumpe la luz, se entretienen con otros quehaceres del hogar. Se plantean por tanto dos relatos inconexos, aunque ambos banales e intrascendentes, que nos revelan la ruina familiar”.

En este mismo documento se detalla que “el sentido escueto del trazo coincide con la sencillez del ambiente, la franqueza de las pinceladas con la sobriedad de los gestos, que se pretenden cotidianos. La obra se enmarca en la poética de la pasión por la autenticidad de los sentimientos humanos, que la época finisecular consideró que se encontraban preservados en los pequeños rituales de la vida campesina. La expresión de las figuras queda así impregnada de ese sentido trascendente que la generación de Nogué creyó observar en los tipos populares, lo que constituía un modo de aproximarse a la esencia misma de la vida”. De su obra pictórica destacan los paisajes y retratos, además de algunos bodegones de extraordinaria calidad. Obras suyas se encuentran en el Museo de Jaén, Museo de Arte Moderno de Tarragona, Museo de Bellas Artes de Badajoz y Museo del Prado.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes