Rafael Barradas fue un pintor y dibujante uruguayo. Reconocido impulsor en España de la Sociedad de Artistas Ibéricos, fue muy estimado por el círculo de intelectuales de la generación del 27. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos apreciar en “Hombre en el café, Atocha”, fechado en 1923.

Hombre en el café (Atocha)

Su traslado a Europa le permitió contactar en Milán con los futuristas italianos. Desarrolló una particular forma de expresión, denominada «vibracionismo», consistente en dotar a sus dibujos de una gran fuerza expresiva apoyada en un excelente cromatismo. En Barcelona (1913), se relacionó con Joaquín Torres García y con los poetas catalanes adscritos a la vanguardia (ilustró con sus dibujos las obras de Joan Salvat-Papasseit). Rafael Barradas se inició como dibujante en publicaciones como El monigote, fundada por él mismo. Tras recorrer Europa, en 1912 se estableció en España, donde realizó ilustraciones para libros, carteles y decorados teatrales y frecuentó a pintores como Ignacio Zuloaga, Salvador Dalí y Joaquín Torres García. Participó en los movimientos de renovación artística europea y creó otros, como el vibracionismo (influido por el futurismo en la búsqueda del movimiento y por el cubismo en el facetado de las imágenes) y el clownismo.

Dentro de su obra destacan el conjunto de pinturas bíblicas, realizadas en un período que el autor calificó como místico, y la serie de retratos de tipos populares españoles que denominó Los magníficos, personajes de cuerpos sólidos y manos expresivas que denotan en el artista un espíritu no ajeno a las vicisitudes de la realidad social que lo rodeaba. En Uruguay está presente en su obra española a través de los Estampones montevideanos, en los que reflejó el Montevideo de su juventud.

En 1925, en San Juan de Luz, realizó una importante serie de temas marineros, en la línea del planismo, pero con mayor expresividad. A partir de ese año, la enfermedad de Barradas empeora notablemente, aunque continúa con la serie de Los Magníficos e inicia la Serie Mística, una pintura religiosa. Pero su estado de salud se volverá delicadísimo, por lo que, en 1928, retorna a su país de origen llevando consigo casi toda su producción española. Finalmente, muere en Montevideo en 1929, a los 39 años. Su figura fue revalorizada por los artistas de las décadas de 1940 y 1950 como uno de los iniciadores de las vanguardias artísticas en España, y su obra se incluyó en la exposición Retrospectivas de los Precursores, organizada en 1955 en Madrid dentro de la III Bienal Hispanoamericana de Arte.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes