Ángel María Cortellini (Sanlucar de Barrameda, Cádiz, 1819 – Madrid, post. 1887) fue un pintor español del círculo de pintores del costumbrismo romántico andaluz, que también trabajó el retrato. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Francisco Montes “Paquiro”, antes de una corrida. La despedida del torero”, fechado en 1847.

Francisco Montes Paquiro, antes de una corrida. La despedida del torero (1847), de Ángel María Cortellini

Hijo de un italiano del Piamonte casado con una gaditana, comenzó a dar clase de dibujo a muy temprana edad en su ciudad natal, para luego pasar a ser alumno del maestro sevillano Joaquín Domínguez Bécquer. Aún muy joven, viaja a la tierra de su familia paterna y recorre algunas ciudades norteñas italianas (Turín, Milán y Génova). Tras dos años regresó a Sevilla para continuar su formación. En 1847 se trasladó a Madrid, donde llegaría a conseguir título de pintor de la Real Cámara y realizar los retratos de la reina Isabel II de España y su marido Francisco de Asís de Borbón. En 1866 recibe la medalla de oro de la Exposición Nacional gracias a Retrato de señora. Igual premio recibió en 1871 por una pintura de historia, La batalla de Wad-Ras.

Parte de su obra se conserva en el Museo de Bellas Artes de Bilbao y el Museo Carmen Thyssen Málaga, con curiosas estampas de género El cante de la moza. Escena de taberna (1846) y No más vino. Escena de taberna (1847),​ y de temas taurinos como Francisco Montes “Paquiro”, antes de una corrida. La despedida del torero (1847) o Salida de la plaza (1847).

Según estima José Luis Díez, “en la habitación de una casa, el maestro acaba de terminar de vestirse el traje de luces y se dispone a salir hacia la plaza de toros, apremiado por su mozo de espadas, que recoge de una silla la muleta y los estoques. Dos mujeres le detienen para obsequiarle con un vaso de vino, que la más joven se dispone a servirle y que el diestro rechaza con la mano, ante la inminente responsabilidad de la lidia. Este interesante lienzo, relativamente conocido entre los aficionados a los toros por su curiosa iconografía, forma parte de una pequeña y atractiva serie de cuadros de idéntico formato con temas taurinos pintada por Cortellini en 1847, que perteneció a la colección Urquijo, y constituida además por los titulados La despedida del picador, con el que éste haría pareja por la correspondencia de su argumento; El baile, quizá el de mayor refinamiento y calidad pictórica de todo el conjunto, y Salida de la plaza (p. *), adquirido junto a éste para la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, y con el que, desgajados ambos del resto, forma actualmente pareja. Además de sus valores pictóricos, el cuadro es muestra bien elocuente de la fama verdaderamente extraordinaria que gozó en su tiempo el diestro Paquiro, sin duda una de las figuras más legendarias y veneradas del mundo del toreo en la España isabelina y, seguramente, uno de los matadores cuya efigie tuvo en su época mayor difusión iconográfica. Así, además de numerosos grabados y litografías de su figura4, fue pintado por algunos de los pintores más destacados del romanticismo español, como José Elbo (1804-1844), que realizó un interesante retrato doble de Francisco Montes «Paquiro» y su esposa, que se conserva en el Museo Taurino de Lima, José Domínguez Bécquer (1805-1841), que le efigió junto a su cuadrilla como Montes, primera espada de España, grabado por Bayot, o el conocido pintor y buen aficionado a los toros Ángel Lizcano (1846-1929) que, ya en 1904, realizaría un nuevo retrato del diestro de busto. Aun se conocen otras efigies pictóricas de este matador, como la atribuida a Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870), resuelta con una técnica verdaderamente fogosa y temperamental; otra, derivada de ésta y reducida al busto; un pequeño retrato de cuerpo entero, aunque de identificación un tanto dudosa; y una curiosa estampa que representa a «El torero Francisco Montes Paquiro en el trance de matar un toro en las fiestas Reales de 1846 en la Plaza Mayor de Madrid, con motivo del augusto enlace de SS.MM. los Reyes y SS.AA.RR. los Duques de Montpensier». Pero, sin duda, la mejor y más conocida efigie pictórica de Montes es el magnífico retrato pintado por el valenciano Antonio Cavanna (1815-1840)12, referencia para numerosas repeticiones del retrato del diestro y que serviría también de modelo para el lienzo de Cortellini que, en efecto, copia literalmente las facciones y posición de su rostro. No obstante, consta que el propio Cortellini había pintado cuatro años antes, en 1843, un Retrato de Francisco Montes en la plaza de la Maestranza de Sevilla, actualmente en paradero desconocido, que seguramente sería el inmediato referente del artista a la hora de realizar después esta escena con el famoso espada como protagonista. Francisco Montes Reina, inmortalizado en el arte de Cúchares con el sobrenombre de «Paquiro», nació en Chiclana (Cádiz), donde fue bautizado el 13 de enero de 1805. Aunque su familia era ajena por completo al mundo de los toros, ya que su padre era administrador de las fincas del marqués de Montecorto, desde pequeño mostró gran afición por el ganado de reses bravas. Así, en 1830, su nombre figuraba ya como espada en la plaza del Puerto de Santa María, debutando en sus primeros tiempos como «Paquiro de Chiclana». Tras triunfar en las plazas de Sevilla y Jerez de la Frontera, y asistir a unas cuantas clases de la recién creada Escuela de Tauromaquia de la capital hispalense, tomó la alternativa en Madrid el 8 de abril de 1831. Famoso por su arrojo y valentía, se enfrentaba a peligrosas suertes como la lidia simultánea de dos toros, el salto de la garrocha o el salto del trascuerno, entonces ya en desuso y que él restituyó para la lidia, llegó incluso a picar él mismo algunos toros, siendo frecuentes las lidias en solitario de corridas completas. En 1847, año en que está pintado este lienzo, Paquiro había reducido ya considerablemente su actividad taurina, que esa temporada centró en las plazas de Andalucía y algunas del norte, había mostrado su voluntad de retirarse. Su caída definitiva tuvo lugar en la corrida celebrada en Madrid el 21 de julio de 1849, donde sufrió una importante cornada en la pierna por el toro «Rumbón», de la ganadería de Manuel de la Torre y Rauri, de la que nunca llegó a recuperarse, pues se complicó su convalecencia con unas fiebres malignas que le llevaron a la tumba el 4 de abril de 1851, cuando tan sólo contaba cuarenta y seis años. Su muerte fue una verdadera conmoción en la España taurina de su tiempo, llegando a escribir Estébanez Calderón unos sentidos sonetos en su memoria”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes