Luis Álvarez Catalá (Madrid, 1836- Madrid, 4 de octubre de 1901) fue un retratista y pintor español, director del Museo Nacional del Prado entre 1898 y 1901. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Filandón en Monasterio de Hermo”, fechado en 1872.

"Filandón en Monasterio de Hermo" (1872), de Luis Álvarez Catalá

Nació en una familia asturiana de Monasterio de Hermo (Cangas de Narcea), aldea en la que pasó gran parte de su infancia y temporadas veraniegas. Después de cursar estudios en Oviedo, se trasladó a Madrid donde estudió en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado y fue discípulo de Federico Madrazo en la Escuela de San Fernando. En 1857, viajó pensionado a Roma con artistas como Rosales, Palmaroli y Dióscoro Puebla. En Roma se dio a conocer con El sueño de Calpurnia, con el que ganó medalla de mérito en la Exposición de Florencia de 1861. Con la misma obra obtuvo segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1862. La reina Isabel II adquirió la obra y su pensión fue prolongada por tres años. Residió en Roma hasta 1894, con algunas breves interrupciones por retornos a Madrid, como el de 1866-1867, y en la capital italiana contrajo matrimonio. En 1867 concurrió a la Exposición Nacional con las obras Doña Isabel la Católica en la Cartuja de Burgos y El Cardenal Penitenciario en San Juan, obteniendo segunda medalla por la primera obra. En 1872 pintó en Roma El embarque del Rey Amadeo en Spezzia. Participó en algunas exposiciones de pintura, donde ganó premios en 1889. En 1890, de vuelta en Madrid, concurrió al certamen Nacional de Bellas Artes, obteniendo primera medalla con La silla de Felipe II en el Escorial, obra que ganó también medalla de oro en Berlín al año siguiente.

Fue sobre todo un pintor romántico, que se inspiró en los temas de historia para realizar sus cuadros. No tuvo mucho prestigio como pintor, pero sí como retratista denotándose esta labor en la reina regente doña María Cristina y del rey niño Alfonso XIII (en el Palacio del Senado, Madrid). Trabó amistad con la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, que lo nombró director del Museo del Prado,1​ del que era subdirector, tras la dimisión de Francisco Pradilla el 29 de julio de 1898, manteniéndose en el puesto hasta su propio fallecimiento el 4 de octubre de 1901. También se ha de mencionar que, en cuanto subdirector del Museo desde los últimos tiempos de Federico de Madrazo, había sufrido la anticipación en el puesto de dos colegas: Vicente Palmaroli y el ya citado Pradilla. Por otra parte, su subdirector fue, a partir de 1899, el también pintor Salvador Viniegra. Durante su mandato al frente del Prado se hicieron varias donaciones, especialmente de Goya, y llegó al museo La familia del infante don Luis de Borbón. En 1899 se creó, asimismo, el Catálogo ilustrado de la sala de Velázquez. En su obra, y principalmente la costumbrista, hizo gala de buena caracterización de tipos y vestimentas. En la última etapa de su vida pintó numerosos motivos asturianos. En el Museo de Bellas Artes de Asturias se puede ver El Filandón, cuadro de costumbres asturianas pintado con virtuoso preciosismo. Fue uno de los pintores españoles del siglo XIX más galardonados en el extranjero.

Relacionado con la obra, y según se recoge en el Museo de Bellas Artes de Asturias, “en el verano de 1872, el pintor Luis Álvarez Catalá (Madrid, 1836-1901) realizó durante una estancia en el pueblo natal de su padre la obra Filandón en Monasterio de Hermo, adquirida en 1989 por el Museo de Bellas Artes de Asturias y que hoy luce con personalidad propia en las salas dedicadas al siglo XIX asturiano. La escena representada está protagonizada por una serie de personajes, entre ellos el mismo Álvarez Catalá, autorretratado en el cuadro, que se reúnen en torno al fuego de la l.lariega o cocina de la casa familiar del pintor, en la localidad asturiana de Monasterio de Hermo (Cangas de Narcea). El espectador contempla así, en una misma escena, la variedad de actividades, actitudes y conversaciones que se desarrollan en el llamado filandón, con mujeres hilando mientras otras personas cantan, tocan instrumentos o se entregan a diversas labores tradicionales del territorio asturiano. Todo ello aparece reflejado con absoluta minuciosidad, con una factura casi preciosista que, aplicada en una obra costumbrista, incide en destacar los vestidos de los personajes y los objetos que hacen referencia a las actividades artesanales asturianas y a su ajuar doméstico, como las madreñas del primer plano o los útiles apoyados sobre la viga del techo. La iluminación, conseguida a través de la colocación de un foco de luz delantero y el fulgor de la hoguera, logra un efecto de delicada profundidad, convirtiendo la cocina asturiana en una caja de perspectiva en la que todos los detalles dan muestra de sus calidades. Filandón en Monasterio de Hermo transmite así una sensación de ambiente intimista, a pesar de ser una obra generosamente poblada, con una veintena de figuras. Esta armonía, este intimismo de la imagen, unidos a la riqueza formal y descriptiva de la pincelada, sugieren una influencia clara de la pintura flamenca y holandesa del siglo XVII, de la que Álvarez Catalá era amplio conocedor por sus diversos viajes y estudios académicos. Pero, sobre todo, se convierte en un emotivo manifiesto de los recuerdos de infancia del propio artista, quien contemplaría repetidas veces escenas similares a ésta; imágenes retenidas en su memoria como la que inmortaliza en esta tabla”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes