Manuel Cabral Aguado Bejarano (Sevilla, 1827-ibídem, 1891) fue un pintor español y uno de los mejores representantes del costumbrismo andaluz dentro del Romanticismo español. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Escena de una venta”, fechado en 1855.

Escena de una venta (1855), de Manuel Cabral Aguado Bejarano

Hijo de Antonio Cabral Bejarano (1798-1861), con el que se formó, y hermano del menos conocido Francisco Cabral Aguado Bejarano (1824-1890), asistió a la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, en la que fue posteriormente profesor. Fue también miembro honorario de la Academia de Bellas Artes de Sevilla, pintor honorario de cámara de Isabel II y miembro de la Sociedad Sevillana de Emulación y Fomento. Participó con cuadros de género en numerosas exposiciones provinciales, entre otras las celebradas en Cádiz (1856, 1864, 1879 y 1880), Sevilla (1856, 1858 –medalla de plata por un lienzo de costumbres andaluzas–, 1867 y 1878), así como en todas las Nacionales de Bellas Artes de Madrid (entre los años de 1858 y 1890). En la de 1858, su obra La procesión del Corpus en Sevilla (Madrid, Museo Nacional del Prado), del año anterior, obtuvo una mención honorífica de segunda clase y fue adquirida por el Estado. Tanto en esta pintura como en la Procesión del Viernes Santo en Sevilla (Sevilla, Reales Alcázares), de 1862, representó, con gran minuciosidad, personajes y detalles arquitectónicos de la ciudad, lo que da a estas obras gran valor documental. Muchos de los personajes son, a pesar de su pequeño tamaño, retratos, género que también cultivó. Entre otros, realizó los de Manuel Barrón para la Academia de Bellas Artes de Sevilla; Antonio Cabral Bejarano, Nicolás María Rivero y otros para la Biblioteca Colombina de Sevilla; Juan García de Vinuesa y José Luis Albareda (Ayuntamiento de Sevilla); Javier Lasso de la Vega (Academia de Medicina de Sevilla); así como su Autorretrato (Madrid, Museo del Romanticismo), fechado en 1851. En el cuadro de historia, menos importante en su dedicación, destacan La Santa Cruz sobre las aguas y La caída de Murillo del andamio (ambos en el Museo de Bellas Artes de Cádiz). Su estilo evolucionó desde la influencia de Murillo, de cuyas obras realizó copias, hacia un costumbrismo de nítido dibujo y colorido algo frío, en el que realizó sus mejores obras a lo largo de la sexta y séptima décadas del siglo. Años después su estilo se hizo algo amanerado, debido a su gusto por la técnica preciosista.

Según destaca Javier Barón, “los viajeros, ricamente vestidos como majos andaluces, son, seguramente, contrabandistas, pues van armados. Uno de ellos parece vigilar en el porche de la venta y, en primer término, en la penumbra figuran unos fardos. El viajero que está de pie lleva zahones de paño de color castaño ribeteado y con vuelta de terciopelo azul oscuro, a juego con la chaquetilla, con botonadura de oro, cubierta por la manta de rayas. El otro, sentado sobre su propia manta, viste chaleco, faja roja en cuyos pliegues, al costado, se ve una daga. Ambos llevan polainas de cuero que, desabrochadas, dejan al descubierto la pierna. Se cubren con pañuelos para evitar el polvo del camino, que asoman bajo el sombrero calañés. La maja, a la que habrán pedido que toque la guitarra, lleva un vestido azul ribeteado en negro y se adorna con gargantilla y brazaletes a juego y flores en el pelo. El ventero, de pie ante una mesa en la que hay una pequeña fuente con olivas, dos vasos para cañas y una botella de manzanilla o amontillado, lleva en la mano un plato con un guiso. La obra pertenece al mejor momento de la producción de su autor. Denota un interés en captar un espacio interior amplio gracias a la hábil utilización de los elementos arquitectónicos, que también aparece en algunas otras obras del artista en esta Colección. Eso le lleva a mostrar, más allá del recinto principal de la venta, separada por una arquería dispuesta oblicuamente, el zaguán, y, más allá, el porche abierto a un luminoso paisaje. En cada uno de estos espacios el pintor coloca algún objeto –la silla en el porche; una repisa con un plato, una botella y una jarra de cobre en el zaguán, y una escoba en el espacio del primer término– que sirve para ambientar el conjunto, y que da, así, una impresión de naturalidad sólo desmentida por la actitud un poco afectada de la figura de la izquierda. De todos modos, la composición está en deuda con el dibujo de José Domínguez Bécquer, litografiado (invertido) por Adolphe-Jean-Baptiste Bayot para el tercer tomo de la España artística y monumental (París, 1844) que dirigió Genaro Pérez Villaamil, como se ve por la postura del personaje que está de espaldas y en la similitud del interior arquitectónico, aunque las figuras sean mucho más numerosas. Esta litografía tuvo cierta fortuna, pues aún a finales de siglo proporcionó la composición de algún óleo, como el que de José Fernández Alvarado figura en la sevillana colección Bellver. El título de la estampa, Los ladrones en una venta, resulta indicativo de la condición de los personajes, aunque en la obra que se cataloga se trata, más bien, de contrabandistas, dedicación que gozaba de mucho prestigio en la Andalucía de la época. Se conoce al menos una variante del motivo, con parecida arquitectura y encuadre, y similares personajes, especialmente los dos que están sentados. El asunto de interiores de ventas y mesones fue muy frecuente en la pintura andaluza. De ese mismo año 1855 cabe citar una pintura de Joaquín Domínguez Bécquer, con numerosas figuras, y el propio Cabral lo cultivó en otras ocasiones. También son muy numerosas las representaciones de contrabandistas. La obra es un buen ejemplo del gusto de la época por los interiores con personajes característicos, propio, sobre todo, de la clientela anglosajona. Precisamente inglés debió de ser el primer comprador de esta obra, a juzgar por la etiqueta que conserva, en este idioma, y que indica que fue adquirida en Sevilla el mismo año de su realización”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes