Óscar Domínguez (San Cristóbal de La Laguna, 3 de enero de 1906 – París, 31 de diciembre de 1957) fue un pintor surrealista español perteneciente a la generación del 27. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “El gato y el canario”, fechado en 1947.

Tanto por la calidad subversiva de sus creaciones, como por su participación activa en el Surrealismo –episodio crucial en las artes de la Vanguardia del siglo XX–, Óscar Domínguez (Tenerife, 1906 – París, 1957) ha sido considerado, junto con Joan Miró y Salvador Dalí, “el tercer gran nombre que España dio a la pintura surrealista”. Con estas mismas palabras lo subraya Juan Manuel Bonet en el célebre Diccionario de las Vanguardias Artísticas en España. Si bien la infancia de Domínguez transcurre entre los municiopios tinerfeños de La Laguna y Tacoronte –donde su familia contaba con haciendas y plantaciones–, a partir de 1927 combina su residencia en París con varios viajes a su isla natal, hasta que, ya a partir de 1936, la capital francesa se convierte en su hogar definitivo hasta su muerte, un 31 de diciembre de 1957.

El nombre de Óscar Domínguez suscita evocaciones diversas: para unos es un pintor visionario, el inventor de la “decalcomanía”; para otros, el excelente constructor de objetos surreales –esas máquinas imposibles e insolentes, erotizantes y transgresoras, siempre poéticas–; y aún habrá quien aluda al artífice de inquietantes realidades oníricas que sacude, en palabras de Agustín Espinosa, “los raíles de un tren en llamas”. A través del rostro multiforme de su obra, de su subversión y renovación constantes, Óscar Domínguez representa al artista por siempre insatisfecho, al creador inconformista, libre en su libertad creadora. Sin embargo, esa fiebre inconstante de su pintura, movida por el exceso de experimentación, además de su carácter espontáneo, impulsivo y tragicómico de “disidente perenne –subraya Pérez Minik–, de esos que después de cualquier revolución no saben construir un mundo nuevo”, no siempre permitió a Domínguez apurar todas las posibilidades de sus propios hallazgos, por lo que su obra se convierte en una continua búsqueda de nuevas formas de pintar, dibujar y escribir.

Desde sus composiciones de influencia daliniana de principios de los años treinta –La bola roja (1933) o Le dimanche (1935)–; pasando por la genialidad de sus pinturas cósmicas –Los platillos volantes (1939)– y superando el período metafísico y la asimilación del estilo picassiano, ya en la década de los cuarenta –Mujer sobre el diván(1942)–; hasta alcanzar su técnica del triple trazo y, posteriormente, la etapa informalista que caracteriza a sus últimas obras –Delphes (1957)–, la fatal predisposición de Domínguez hacia los alucinados vericuetos de la imaginación y su permanente experimentación se convierten, finalmente, en la guía de todo su itinerario creativo. En efecto, el pintor tinerfeño se caracteriza por una práctica pictórica absolutamente enmarcada en la intuición onírica, presidida por un espíritu liberador en estado puro que está en perfecta consonancia con la maquinaria clandestina, vertiginosa e irracional del Surrealismo.

La contribución fundamental de Óscar Domínguez al Surrealismo fue la invención de la denominada decalcomanía, según explica el Dictionnaire Abrégé du Surréalisme firmado por André Breton y Paul Éluard en 1937. Esta técnica pictórica es uno de los procedimientos más emblemáticos del automatismo gestual surrealista. La intervención del autor se reduce a extender tinta negra sobre una superficie, cubriéndola después con otra hoja y ejerciendo una leve presión. Al levantar esta segunda hoja queda al descubierto la sombra de un paisaje indescriptible o un fondo submarino. Poco a poco, Domínguez irá explorando las posibilidades de su técnica, trabajando conjuntamente con Marcel Jean en la introducción de elementos que aporten nuevos hallazgos. Así surge la utilización de plantillas que combinan la intervención libre y caprichosa del azar con la intencionalidad, como en el caso de las figuras del león y la ventana en la serie Grisou. En ella, la elección de los motivos responde a las pautas marcadas por el imaginario surrealista: un león –símbolo del deseo insaciable de la imaginación y del impulso creativo– frente a una ventana –quizás un mundo distinto o por descubrir– está a punto de inaugurar una nueva mirada.