Antonio Ortiz Echagüe fue un pintor costumbrista español que triunfó y residió gran parte de su vida en el extranjero. Su pintura, de sólida formación académica estuvo influida por el realismo de Zuloaga y el luminismo de Sorolla, caracterizándose por el rigor del dibujo, la soltura de la pincelada y la riqueza cromática de sus lienzos. Era hermano de José Ortiz Echagüe, reconocido ingeniero militar y fotógrafo. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos apreciar en “Comida en Mamoiada”, fechado en 1908.

De padre andaluz y madre vasca, fue un artista de vocación precoz. A los catorce años (1897) Antonio se trasladó a París, asistiendo a la Academia Julien y a la Academia de Bellas Artes Francesa, donde trabajó en el taller del pintor Léon Bonnat.

En 1901 se marchó a Roma, ciudad en la que permaneció a lo largo de un año y donde compartió taller con Coco Madrazo. En 1903 ganó una plaza para estudiar en la Academia de Roma, tras haber sido premiado en la Exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Entre 1907 y 1912 viajó a Cerdeña y luego a Holanda; en ambos casos realizó cuadros de época, de temas sardos, en Cerdaña, y de temas holandeses, que le pusieron en relación con la pintura romántica del momento. En 1912 volvió a España para hacer un retrato de Alfonso XII. Un año después viajó a Argentina, país en el que se dio a conocer como retratista. Realizó su primera exposición individual en 1919. A partir de este momento, su actividad se repartió por diferentes países, como Estados Unidos, Argentina u Holanda. En 1933 se trasladó, con su familia, a la pampa argentina, donde residió hasta su muerte.

De formación académica, tuvo una gran trayectoria como retratista y como pintor de género. En sus obras abundan las alusiones culturales. Sus cuadros sardos, holandeses o marroquíes son el mejor ejemplo. En ocasiones introdujo soluciones cromáticas próximas a Iturrino o a los “fauves”. Los lienzos de Antonio Ortiz Echagüe, que realizaba sus obras pintando siempre del natural y reproduciendo a sus modelos en tamaño real, constituyen un ejemplo muy significativo de la corriente artística que en el tránsito del siglo XIX al XX sustituyó la pintura de historia decimonónica por un realismo costumbrista o etnográfico que enlazaba con los grandes maestros de la pintura española del XVII, Velázquez en especial. Sin embargo su formación en París y Roma y su conocimiento de los movimientos artísticos europeos le llevaron a incorporar a su veta realista algunos aspectos del modernismo, del simbolismo y del post-impresionismo, como se evidencia en el decorativismo de algunos de sus fondos, en la soltura de la pincelada, en el valor que concede a la luz y en la utilización cada vez más atrevida y subjetiva del color.

Aunque sus temas favoritos eran los tipos populares de los diferentes países que recorrió, ataviados con sus trajes regionales, los retratos (casi siempre femeninos) fueron su principal medio de vida. En ellos combinaba la elegancia con la naturalidad destacando siempre la veracidad de los rostros y la expresividad de las miradas. Entre los retratos de miembros de su familia destacan los de sus hermanas ataviadas con mantilla y abanico, los de su esposa Elisabeth y en particular los de su hija Carmen, tanto al óleo como al pastel.