Johannes Vermeer fue el pintor de lo tranquilo, lo silencioso, lo cotidiano, lo iluminado. Junto a Rembrandt es sin duda la gran figura del barroco holandés. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Chica con copa de vino”, fechado entre 1659 y 1660.

Con once hijos y marchante de arte, se cree que no vivió de la pintura. Quizás por ello sus obras transmiten ese puro placer de pintar. Suelen ser escenas de la vida cotidiana, interiores de hogares de la burguesía holandesa, y apenas habitados con una o dos figuras y algunos objetos.

Todo ello plasmado con sus habituales pinceladas densas y pastosas y sobre todo llenándolo todo con una iluminación, que no solo da un increíble realismo sino que realza el efecto de intimidad e incluso misterio. Se le acusó siempre de usar una cámara oscura, como si los otros grandes del arte no utilizaran todo tipo de artilugios y técnicas para llegar a rascar un poco la belleza.