Bernardo Lorente Germán (1680-1759), pintor barroco español, llamado el pintor de las pastoras, vivió siempre en Sevilla donde se formó en contacto con la pintura de Murillo, de quien fue seguidor. Entre sus obras más destacadas se cuentan los dos trompe l’oeil o trampantojos del Museo del Louvre. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Bodegón de una alacena con objetos”, fechado en 1730.

Nacido en Sevilla, se formó con su padre primero y luego, según Ceán Bermúdez, con otro modesto «pintor de feria», Cristóbal López, quien le habría formado en el respeto y la imitación de los modelos de Murillo, de los que se derivan sus composiciones religiosas en tonos pastel. Ceán Bermúdez le llamó el pintor de las pastoras por sus cuadros de la Virgen vestida de pastora y apacentando el rebaño, atribuyéndole así la formación de la iconografía de la Divina Pastora, devoción muy difundida en el ámbito local a comienzos del siglo XVIII conforme a una visión del capuchino fray Isidoro de Sevilla.

Durante los cinco años que la corte de Felipe V permaneció en Sevilla, el llamado lustro Real de 1729 a 1733, Lorente trató amistosamente con Jean Ranc, pintor de cámara, cuya influencia se advierte en sus retratos. En contacto con la corte, tuvo ocasión de retratar al infante Felipe de Borbón, hijo de Isabel Farnesio y futuro duque de Parma. Sin embargo, para no abandonar su ciudad renunció a entrar al servicio de la corte cuando ésta partió de Sevilla en 1733.

Los últimos años en Sevilla, hasta su muerte en 1759, parece que no fueron fáciles para él, hombre melancólico según Ceán, dedicado a trabajar para la iglesia principalmente. Sin embargo, el recuerdo de su fama en la corte le sirvió para ingresar en 1756 como académico de mérito en la recién creada Academia de San Fernando.

Entre la producción de Lorente destacan sus trampantojos y bodegones que denotan un estudio atento de lo flamenco y holandés. Fueron primeros en conocerse los dos lienzos firmados que posee el Museo del Louvre, con dibujos, pinturas y enseres a modo de “rincón de taller”. De parecido carácter es el Trampantojo de la colección de la Academia. Por el contrario, en esta Alacena procedente de una colección sevillana se evoca un mayor refinamiento, un interior acomodado en la Sevilla dieciochesca, cuyo propietario hace guardar bajo llave vasijas y objetos de cierto valor. Las frascas de vidrio y la vajilla de peltre son lo habitual y más común en estos ajuares; pero a su lado vemos dos finas copas de cristal de tipo veneciano,un collar de coral y dos jarras de plata repujada que se adorna con escenas de la Antigüedad clásica enmarcadas por elegantes gallones. La alacena está empotrada en una pared, cuyo enlucido forma una estrecha franja en torno al marco. Una tenue rejilla fijada a éste por diminutas puntas permite proteger los objetos guardados sin estorbar la ventilación. El juego de engaño visual se acentúa con el manojo de llaves y la puerta entreabierta, que parecen atravesar el plano del cuadro invadiendo el espacio del espectador. La luz que llega de la izquierda resalta el brillo del cristal y los metales, y las diferentes texturas están observadas con maestría, sin omitir detalles tan nimios como las bisagras de la puerta o las grietas irregulares en su encuentro con el muro.  Lorente, del que se conocen pocas obras firmadas,  se forma con su padre y Cristóbal López en la estela de Murillo. Además de trabajar como retratista en la corte de Felipe V e Isabel de Farnesio durante el denominado Lustro Real (1729-1733), realizó pinturas religiosas, siendo considerado el creador de la iconografía de la Divina Pastora, asunto devoto muy popular en la Sevilla de la época. Tres años antes de su muerte fue nombrado académico de mérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.